Y voló

Pero yo, no.

He perdido decenas de buses, trenes, trams y metros en mi vida. Y las únicas razones por las que no he perdido más han sido sacarme el carnet de conducir y usar la bici. E intentar ser más puntual -algo en lo que progreso muy adecuadamente en los últimos años-.

Hasta hoy, el premio “Pérdida” en la categoría “Medios de Transporte” -en mi caso hay muchas categorías- fue un tren BCN-VLC y que me hizo tener que esperar seis horas -mas las posteriores cinco de trayecto- en un dia lluviosamente asqueroso. Lo peor es que esa vez no llegué tarde: me equivoqué de tren.

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Laberintos estacionales.

Pero ahora esa anécdota quedará en el olvido, relegada al ostracismo del “segundo mejor”. Porque hay nuevo campeón en la categoría. Uno que lleva tiempo llamando a la puerta y que no solo la ha abierto, sino que la ha destrozado cual adolescente de Hermano Mayor.

Perdiendo el vuelo

El martes por la tarde estaba planeado que yo, mi pañoleta y mi mochila aterrizáramos en Bakú, Azerbaiyan. Para tres semanas, ni más ni menos. El por qué ya lo contaré otro día, aunque los scouts vuelven a estar de por medio.

Pero no. ALSA quiso que su autobús llegara tarde a Valencia. Que su conductora estuviera paseando -o a saber qué estaba haciendo la mujer- tres cuartos de hora por la estación. Y que, en el camino, hiciera una parada más larga de lo habitual.

Quiso que llegara corriendo al aeropuerto mientras cerraban la puerta de embarque, que suplicara en ventanilla por coger el avión y que mis billetes no valieran para nada.

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Au revoir…

Y voló.

Eran las 6 de la mañana, sin dormir y con unas ganas de matar que ni el escritor de Juego de Tronos. Hablando por Messenger, por teléfono y en persona en busca de una solución que no llegaba.

10 horas después salía del aeropuerto con la posibilidad -solo eso- de un billete para el jueves. Desde Barcelona. Con huelga en los controles de seguridad incluida -huelga que me ha tenido una hora haciendo cola para llegar a la puerta de embarque-.

Finalmente la posibilidad se ha convertido en billete, los días de espera una excusa para estar en Barcelona y mi cabreo… No, esto creo que no ha servido para nada.

 

Escribo este post desde Instant Paris, un oasis paradisíaco que he encontrado en el aeropuerto francés -aunque me ha costado lo suyo, eso sí-. Por aquí hay una tele gigante, una bonita biblioteca e incluso unos sofás-cama que voy a disfrutar como nadie.

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No es un palacio del siglo XVIII: es el aeropuerto de París.
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Sí, sigue siendo el aeropuerto.

Ahora toca pasar la noche aquí y, mañana por la mañana, coger el vuelo definitivo que me llevará a Bakú.

Si llego, os cuento. Si no, os contaré todavía más.

PD: tener a una de tus mejores amigas en Barcelona mola. Me ha salvado la vida durante dos días y, como me hubiera seguido tratando así de bien, creo que habría perdido otro vuelo -adrede o no, eso ya no lo se-.

¡Gracies, merci y mil gracias Andrea!

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