Cada vez que viajo y visito una nueva ciudad, los souvenirs me quitan vida. Años de vida. Si viajar me gusta -y me gusta, mucho-, el “momento souvenir” intento evitarlo siempre que es posible. Aunque, la mayoría de las veces, no lo es.

Los minutos se me hacen horas, cada tienda un gran almacén. Nada me gusta. Poco me parece aceptable. Y encima está el factor obligación. Familiar, cultural o auto-impuesto.

¿Pero cómo has ido a “X” y no has traído “Y”? O un imancito aunque sea. 

Esta animadversión a estos odiosos y pequeños -y no tan pequeños- objetos no es nueva: me ha acompañado desde que tengo uso de razón.

Mentira: desde que tuve que empezar a comprarlos. Porque antes de hater soy sincero: recibir un regalito siempre mola. Eso sí, nunca he sido un gran fan de ellos.

Pero al tema. Me duele hasta escribirlo. Así que, sin más dilación, paso a describir este castigo que acarrea cada viaje y sus variantes más conocidas:

Camisetas: horteras y, frecuentemente, con los colores del país en cuestión. También es probable que aparezca algún que otro corazón en el diseño. Reza para que, al menos, no lleve la típica frase de recuerdo en el pecho. Si el invierno aprieta, esta camiseta se sustituirá por una recurrente sudadera, que podrá llevar también el escudo de la universidad local.

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Gorras y delantales también son bienvenidos en esta categoría.

Imanes: esto daría para otra categoría entera. Pueden haber millones en cada ciudad, que en todas y cada una de las tiendas verás repetidos los mismos. Y que valgan la pena, los menos. Ciudades silueteadas, el traje de turno, el nombre o la banderita del país o algún edificio icónico del lugar son los que nunca fallan. Repito: NUN-CA.

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Para muestra, un botón: la nevera de mi madre. 

Llaveros: no seré muy duro con ellos, ya que los coleccionaba de pequeño. Pero están perdiendo el pulso ante otros rivales de -¿mayor?- entidad. Sus diseños suelen ser muy patrióticos y repiten los modelos de los imanes.

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De todos los tamaños, gustos y colores.

Tazas: para desayunar con una sonrisa. O dos. En un idioma que no entiendes y con unos dibujos hechos por niños de Primaria (y no especialmente buenos). De verdad, ¿cuantas tazas necesita tener en casa una persona normal? Otro día hablaremos sobre la “burbuja tazística” que se está viviendo durante los últimos años.

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Reconozco que me gustó la primera vez. Las 968.456 siguientes, no tanto.

Figuritas “para encima de la tele”: la flamenquita española, la cabina telefónica de Londres, la Torre Eiffel de París, el coliseo romano… vamos, el icono nacional de turno. Menos mal que la caja tonta no lo es tanto y con el paso de los años ha adelgazado para que no podamos ponerle más cosas encima.

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La España profunda.

Por detrás de ellos se sitúan objetos del calibre de pulseras, vasos de chupito, parches, banderitas y cualquier cosa a la que puedas estamparle un diseño cutre y el nombre de la ciudad.

Comida y bebida: ¡sí, sí y sí!

Aquí voy a romper una lanza a favor de los souvenirs. Me parece muy sexy traerse un buen paquete de pasta italiano -no lo compres en el supermercado de turno, por favor-, una ensaimada bajo el brazo para acompañar el rojo-gamba mallorquín o una buena botella de rakija tras visitar cualquier país de los Balcanes.

El único problema es el estado de conservación -depende del tipo de viaje y del alimento- y de los vuelos, ya que pasar líquido en un aeropuerto puede no ser muy recomendable.

Pero esta es, en definitiva, siempre una buena opción: el algo típico del país, algo que has probado allí, te ha gustado -más o menos- y que lo llevas para que alguien lo pruebe en tu país. Olé. Chapó.

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Ni imanes ni nada: ESTO ES MACEDONIA.

Conclusión

No hay conclusión. Seguiré viendo la compra de souvenirs como un momento crítico y de crisis existencial. Continuaré odiando esas tiendas donde falta el diseño y sobra todo lo demás, donde imanes, camisetas y objetos inútiles se agoplan en cada centímetro de espacio.

Y, por supuesto, seguiré comprando algún que otro souvenir en cada sitio que vaya. Cualquiera vuelve a la nevera de su casa -o la de su tía- sin el imán de turno…

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Zozobrando.
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