El día que quise ver Seúl (pero ella no quiso verme a mí)

A veces, los planes, simplemente no salen bien. Incluso si los planes son buenos. Incluso sí son realmente buenos.

Y es que puedes tener la programación perfecta, dar en el clavo con el hotel, marcar en el mapa los sitios para ver, orientarte a la primera, memorizar metros, buses y horarios; puedes hacer todo ello que, a veces, simplemente no sale.

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Con la panda. 

 

Como dice el título, parece que la capital coreana no tenía demasiadas ganas de verme. La primera vez que la visité –hace unas semanas, aunque apenas estuve unas horas en ella- prometo que me porté bien. Y que durante mi estancia en Corea no lo he hecho del todo mal.

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Portarse bien, nivel: hacer reverencias a las estatuas.

Para ser justos, no toda la culpa ha sido de la ciudad. Mis energías para este fin de semana eran las justas. La última semana estuvo llena de trabajos de última hora, despedidas, noches durmiendo las horas justas para que los ojos no se caigan, maletas, mochilas, limpiezas…

Si a esto le sumas las cuatro horas -y pico- de bus para llegar a la ciudad, casi otra hora de metro, un cielo encapotado y otras extrañas circunstancias -mi cámara dejó de funcionar a mitad del viaje, nadie sabe por qué-, se entiende el resultado.

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El sol no se dejó ver no. 

Seúl se empeñó en hacerme andar por sus –inmensas- estaciones de metro más de lo debido. Y es que existe una ciudad debajo de la propia ciudad: pasillos infinitos, tiendas, bancos, supermercados…

Como he dicho, el tiempo tampoco acompañó: nubarrones todo el día y lluvia fina e incordiosa que me regaló una ducha gratuita antes de llegar al hotel la segunda noche.

Oye, pero no todo van a ser lamentaciones. Si la vez anterior pudimos ver un museo memorial a la historia de Corea, esta segunda vez pude pasear por todo el centro histórico, con edificios altos y modernos que contrastaban con templos más tradicionales.

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El abrazo en la guerra.
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El simbolito, cuanto menos, inquietante.

La base de la ciudad es Seojng-Daero, una avenida larguísima que vertebra la ciudad, que alberga algunas de sus más importantes plazas y que termina con una zona ajardinada con varios palacios.

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La casita de verano. 

Tampoco faltó la visita a la Torre de Seúl, un monumental edificio de “X” metros de altura con unas vistas increíbles, a pesar de las nubes. Más allá de su emblemático significado, en el interior escondía multitud de rincones para tomar un café -quien quiera, no seré yo-, recreativos, exposiciones… y, por supuesto -esto es Corea- corazones. Muchos corazones.

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Imponente. 
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Imaginad esto con un buen sol gobernando.
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Sí, la moda de los candados ha llegado a Corea tambien. 

Y acabo con la zona comercial. Luces de neón, cualquier gran marca que puedas imaginar, centros comerciales inmensos, abiertos hasta la noche. Y -perdón por repetirme- muchas luces.

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Maldita cámara y su muerte prematura. 

Seúl -sí, te hablo a ti- prometo que volveré. A pesar de todos los condicionantes, no me has decepcionado. Al contrario: me has dejado con muchas -muchísimas- ganas. Y cuando lo haga, cuando vuelva a ti, vas a regalarme el mejor sol de tu vida, vas a hacer que los metros lleguen a su hora y voy a comerme cada metro cuadrado que tengas.

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Y si tengo que hacerlo montado en este barco, lo haré. 
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